“Perdona ahora la maldad de este pueblo según la grandeza de tu misericordia, como has perdonado a este pueblo desde Egipto hasta aquí”. Números 14:19

 

Los creyentes en Jesús son bautizados en agua como una expresión simbólica de ser enterrados en la tumba. La vieja naturaleza, con sus deseos carnales y su separación de Dios, es declarada muerta y enterrada. Somos bautizados en, y participamos completamente en, la muerte de Jesús en la cruz, la cual pagó el castigo de nuestros pecados de una vez por todas.

Cuando los niños flotan por un río, la fuerza real que los impulsa y los lleva es el río; ése es el propósito: permitir al río que haga el trabajo. En forma parecida, la muerte de Jesús es el poder real que nos transporta a una condición sin pecado.

El río de Su vida y Su muerte, no el hecho de nadar, nos ha dado la posibilidad de entrar a la presencia de Dios libres de nuestros pecados.

Hoy necesitamos explorar más las provisiones de Dios para nuestro caminar en la tierra con Él, incluyendo la importancia del arrepentimiento y la confesión.

Habrá ayuda para perdonar a otras personas de la misma manera que Dios nos ha perdonado a nosotros. Pero la verdad más importante que debes recordar  es ésta: Cada vez que lo pedimos, recibimos perdón como un regalo gratuito. ¡Asombroso!

Algunas veces es más difícil perdonarnos a nosotros mismos que recibir el perdón de los demás, o de Dios. Continuamos siendo atormentados con remordimiento por lo que hicimos, especialmente cuando eso alteró en forma radical nuestra vida o las vidas de los demás.

¿Cómo podemos experimentar alivio de los terrores del auto-reproche? ¿Cómo podemos perdonarnos a nosotros mismos por el terrible pasado?

Hazle una clara confesión verbal al Señor diciendo en voz alta: “Señor reconozco totalmente que hice ‘X´. Fue algo que yo hice y soy el único responsable de haberlo hecho. No tengo excusas. Estuvo mal y estuve absolutamente equivocado al hacerlo.

Todas las consecuencias que hayan resultado por esto, las que no puedo ver así como las que puedo ver, también son mi responsabilidad. No habrían sucedido si yo no hubiera hecho ‘X.´ Perdóname, en el nombre de Jesús.”  Luego da gracias al Señor por perdonarte.

Si es posible, sin reanudar un contacto innecesario y doloroso entre tú y cualquiera que haya sido afectado por lo que hiciste, confiesa tus pecados a las personas que lastimaste. No des excusas. Sé simple y directo, declarando abiertamente que hiciste “X”  Reconoce cómo “X” ha afectado las vidas de ellos severamente y les trajo muerte.  Haz una declaración y una pre- gunta:  “He pecado contra ti, y te he violado al hacer ‘X.´ Merezco que pienses cualquier cosa mal de mí por lo que hice y aunque no puedo esperar que me perdones ahora, o incluso en el futuro, humildemente te pido que me perdones. No te pido perdón para presionarte a que me perdones, pero para recordarte que te hice algo terriblemente malo. No necesitas responder a esta pregunta; sólo escúchala: ‘¿Me perdonas?´”

Acepta las consecuencias que ha causado tu pecado. Dios puede intervenir ya, hoy, en la situación que ha resultado. Dile a Él que vas a poner tu confianza en lo que Él puede hacer en tu vida de hoy en adelante, en lugar de vivir bajo el poder de lo que hiciste. Ora así: “Líbrame, Oh Señor, de lo que traje sobre mí mismo. Rescátame a mí y a aquéllos contra los que pequé. Puedo vivir y viviré con cualquier cosa que Tú permitas o hagas en mi vida.  Gracias, Señor, por Tu misericordia.”

Recuerda que Dios nos ofrece un futuro basado en lo que Él ha hecho, no en lo que nosotros hemos hecho.  El no ser capaz de perdonarte es una de las mentiras psico-espirituales que el enemigo pone en tu mente y en tu corazón. Es como si él enterrara latas viejas en el jardín de verduras en el que te has ocupado con sumo cuidado. Las latas no van ahí  pero ahí están.

Los sentimientos, impresiones y sensaciones de no-puedo-perdonarme-por-lo-que-hice son reales. Pero no son ciertos. Conscientemente toma las latas, aquellos pensamientos de vergüenza, arrepentimiento, odio a ti mismo, y arráncalas de la tierra tan frecuentemente como sea necesario.
Pídele a Dios que por Su gracia te quite esos sentimientos.

El acusador, el mentiroso, quiere que creamos lo opuesto a la verdad. El diablo llama a Dios mentiroso y nos dice que escuchemos voces distintas a las del Señor. “No puedo perdonarme” no es la verdad de Dios. Se siente demasiado real, demasiado grande y se oye demasiado fuerte. Pero es mentira.

Hace que te sientas impotente, desesperado y debilitado para siempre. Por esta razón, continúas atorándote. Es como una compulsión, una adicción al remordimiento, la vergüenza o la aversión hacia uno mismo. ¿Ves cuán malo es? Aun cuando parezca estar motivado por algo correcto, el reconocer que hiciste mal, es una conclusión incorrecta y torcida.

Finalmente, confiésale al Señor esa conclusión errónea, la sensación de que no puedes per donarte a ti mismo. Reconoce que es un pensamiento pecaminoso y luego recibe Su perdón que te limpia de esto. Es posible que todavía tengas los recuerdos y que estés consciente de la magnitud de tus errores pasados, pero cuando enfrentes esos recuerdos, murmura en voz audible:

“¡Gracias; gracias; gracias, Señor Jesús, por perdonarme!”

Dr. Daniel A Brown.
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